La actitud de Mateo, en cambio, lo sumió en una profunda culpa.
—Reconozco que he sido descuidado —admitió.
—¿Es este el momento para hacer confesiones?
Mateo regresó a su habitación dando unos pasos, mientras el sudor frío brotaba de su frente.
El sudor empapaba sus heridas, y sus labios se tornaron pálidos por el dolor.
José lo siguió, preocupado: —Estoy seguro de que encontraré a Delia y la traeré de regreso sana y salva. No puedes permitirte más estrés. Si te infectas, podrías morir.
Mateo n