Sujeté con firmeza su mano, que no dejaba de avanzar, y sentí cómo mi respiración se desordenaba.
Ya no lograba hablar de una sola vez, mis palabras salían entrecortadas, como si me costara tomar aire.
—Te estoy hablando… ¡Mateo! No hagas eso… no, mmm…
...
La noche ya había caído, y la brisa marina se sentía fresca.
Sin embargo, las grandes ventanas de vidrio estaban empañadas por la humedad.
Cuando mi mano descendió, una palma grande y cálida la cubrió, entrelazando nuestros dedos y volviendo a