—El abuelo de José, al enterarse de la situación, la envió al extranjero para que tuviera una perspectiva más amplia.
—Pero en realidad… Mateo me dio un suave golpecito en la cabeza. —Ya lo entendiste, ¿verdad?
—Entonces…
Extendí la mano y acaricié suavemente el mentón de Mateo: —Eso es lo que hace que no la olvide, ¿verdad?
Mateo me miró de reojo: —¿Ahora que sabes que entre José y esa mujer no hay nada, te has puesto a hacer de cupido entre él y Olaia?
—No, todo depende de lo que decida Olaia.