La salida del restaurante los envolvió en la noche fría de Londres. Las luces de la ciudad se reflejaban sobre el pavimento mojado. El viento soplaba con fuerza algunos mechones del cabello rubio de Rosalind. Donovan reaccionó de inmediato: retiró su abrigo, lo desplegó elegantemente y lo colocó sobre los hombros de Rosalind.
—Gracias… —susurró ella, su voz temblando mientras sentía la calidez del tejido y el aroma de él en la prenda.
—No hace falta —dijo Donovan, tomando su mano—. Quier