DOMINIC THORNE
El hidroavión nos dejó en el muelle de nuestra isla privada en las Maldivas a primera hora de la tarde. Cuando digo "nuestra", quiero decir que alquilé ese pedazo de arena blanca y aguas cristalinas por el precio del PIB de un país pequeño, garantizando que no hubiera ni una sola alma humana en un radio de ochenta kilómetros, excepto el personal que se quedaba escondido del otro lado de la isla y solo aparecía cuando yo presionaba un botón.
Solo estaba el sonido de las olas, el v