JESSICA MAYES
Los flashes brillantes y freneticos de las camaras de los paparazzi iluminaban la noche helada de Nueva York como si fueran pequeños relampagos artificiales. El viento cortante de invierno aullaba por las calles de Manhattan, pero yo no sentia la menor señal de frio. El calor del poder, de la victoria y de los diamantes alrededor de mi cuello era mas que suficiente para calentarme.
La puerta trasera del Rolls-Royce Phantom negro fue abierta por un chofer de guantes blancos. Una al