El hotel había quedado atrás, pero en el corazón de Alexandre solo quedaba fuego. Había visto cómo Gabriel lo enfrentaba con pruebas, cómo Valeria le hablaba con un valor que nunca imaginó, y cómo su imperio se tambaleaba frente a los inversionistas que antes lo reverenciaban.
En el ascensor vacío, su reflejo en el espejo lo observaba con burla. Sentía el traje como una armadura pesada, inútil contra el golpe que había recibido.
—No voy a perder —murmuró para sí, con los dientes apretados.
Sacó