El motor rugía entre la oscuridad, cortando el silencio de la carretera solitaria. Gabriel no hablaba. Tenía las manos firmes en el volante, los nudillos tensos, los ojos fijos en el camino. Valeria, a su lado, se aferraba al cinturón como si de eso dependiera seguir respirando. El aire olía a tierra húmeda, a escape, a miedo y esperanza mezclados.
—¿Estás herida? —preguntó él finalmente, sin apartar la vista del frente.
—No… solo asustada —respondió ella con un hilo de voz.
Gabriel asintió des