El coche se detuvo frente a una casa apartada, grande, silenciosa, rodeada por un muro alto y un portón de hierro que chirrió al abrirse. Valeria sintió que el aire se le atascaba en los pulmones. No conocía ese lugar, pero algo en la oscuridad que lo envolvía le resultó familiar: el mismo tipo de prisión disfrazada de lujo que Alexandre siempre usaba para controlar todo lo que tocaba.
El vecino bajó del coche y abrió la puerta trasera. No la miró. Parecía avergonzado, como si quisiera desapare