El mar rugía contra las rocas como si quisiera advertirles que nada sería fácil. El amanecer había quedado atrás, y la calma que habían sentido unas horas antes comenzaba a disiparse. Gabriel cerró el portón de la cabaña con una cadena oxidada, comprobando que estuviera bien asegurado. Valeria lo observaba desde la puerta, envuelta en una manta y con la mirada perdida.
Habían pasado solo unas horas desde la llamada, pero el miedo ya había vuelto a instalarse entre ellos como una sombra invisibl