El río rugía con violencia.
La neblina se tragaba todo.
Pero Alexandre solo veía una cosa:
El cuerpo de Valeria hundiéndose.
—¡VALERIA! —gritó con una voz que no parecía la suya.
Corrió por la orilla, saltando entre piedras mojadas, resbalando, lastimándose las manos, pero sin detenerse.
Los hombres detrás de él lo seguían a distancia, confundidos, asustados, sin atreverse a tocarlo de nuevo.
—¡Se la lleva la corriente, jefe! ¡Es imposible—!
Alexandre ya no escuchaba.
Cuando la vio hundirse por