El agua estaba helada.
Tan fría que quemaba.
Valeria sintió cómo la corriente la golpeaba por todos lados mientras abrazaba al niño con todas sus fuerzas.
Sus piernas chocaban contra piedras ocultas.
El agua entraba por su nariz, su boca.
Cada vez que intentaba sacar la cabeza para respirar… otra ola la hundía.
—¡MAMÁ! —gritó el niño, aferrándose a su cuello.
—Tranquilo… tranquilo… —apenas pudo decir.
Pero no tenía control.
El río la arrastraba sin piedad, como si quisiera tragarla por completo