Alexandre, aún inmovilizado por los guardias, respiraba con dificultad, pero sus ojos brillaban con una mezcla de furia y obsesión. Su mirada se posó directamente sobre el niño, que dormía plácidamente en los brazos de Valeria.
—¡Escúchame! —gritó, con la voz rasgada y llena de rabia—. Ese niño… es mi heredero. ¡Mío por derecho! No puedes arrebatármelo.
Valeria sintió un escalofrío recorrer su espalda. Gabriel apretó los dientes, la mandíbula tensa, mientras los guardias sujetaban firmemente a