Alexandre estaba obsesionado. No podía soportar la idea de que su hijo, su “primogénito y heredero”, creciera sin él, protegido por Valeria y Gabriel. Había decidido actuar con cautela: esta vez, no gritos, no amenazas visibles. Planeaba acercarse lo suficiente para obtener algo que probara su paternidad, un cabello, un vaso usado, cualquier evidencia que le permitiera forzar una prueba de ADN.
Desde la sombra de la calle, observaba la nueva casa donde Valeria, el niño y Gabriel vivían bajo vig