Seguí mirando al frente, tomé un sorbo sin verlo.
—Los gritos de toda la tarde no me dejaron dormir —dije—, supongo que el insomnio es contagioso en esta casa.
Volví a beber despacio, dejando que el licor me quemara la lengua.
—¿Desde cuándo tomas? —preguntó—, si a ti no te gusta el alcohol.