En la esquina del salón, cuatro empleados, dos mujeres y dos hombres, todos mirándome con un desprecio tan obvio que casi me dio risa.
Ah… los mismos que se burlaban antes, los mismos que obedecían a Rebeca como si fuera su dueña, los mismos que me menospreciaban día tras día.
Solté una risa suave,