Don Evaristo ni se movió. Seguía sentado, con una calma que solo lograba encender más la furia de Tadeo.
—¿Y por qué tendría que hacerlo?
—¡Porque usted va a arreglar el desastre que provocó! —rugió Tadeo, inclinándose sobre la mesa.
—Yo no destruí nada, solo cumplí lo que esa mujer me pidió —respo