Rebeca, que ya se dirigía hacia la puerta, se detuvo. Soltó una risa burlona y la miró por encima del hombro.
—¿La pastilla? —repitió, como si la idea le pareciera ridícula—. ¿En serio la quieres? ¿Para qué? Ya no tienes salvación, Melanie. Deberías dejar de pelear. ¡Muérete de una vez! ¡Me harías u