El veneno…
“Veneno. ¿A quién le entregaste el veneno?”, gruño.
“¡No sé su nombre, créeme! Mi deber era entregarlo, ¡eso es todo!”, dice él. Está temblando ahora, pero le creo. Él no puede mentir bajo la orden alfa.
“Veneno que sabías que me haría daño a mí y a mis cachorros no nacidos. Tú sabías eso”.
“Tenía que obedecer a mi amo”, dice él en voz baja.
“¿Y quién es tu amo?”.
Abre la boca, pero no sale nada.
¡No eso otra vez!
“¡Dime!”, gruño, sin importarme las consecuencias.
Sus ojos se