ZAIA.
"¡Sebastián!", grito mientras me zafo y corro a su lado en el momento en que cae de rodillas.
Está inclinado, con una mano en el pecho y, por el gruñido que sale de sus labios, sé que está sufriendo mucho.
Caigo de rodillas frente a él, con el corazón latiéndome violentamente mientras lo empujo suavemente hacia atrás y le acaricio la cara. "¿Bastien? ¿Sebastián? ¡Háblame!", susurro con urgencia.
El viento que nos rodea sopla más rápido y le echo el pelo hacia atrás. Tiene tanto calor..