Una hora más tarde, el automóvil de los Prieto se detuvo frente al imponente edificio de cristal que albergaba la sede principal de la empresa. Antes de bajar, Antonia volvió el rostro hacia Renato y lo miró con la severidad de siempre.
—No le digas a Marco nada de lo que pasó con Adelaide.
Renato frunció el ceño.
—¿Por qué no habría de decírselo? Es su esposa.
Antonia soltó un suspiro de impaciencia.
—Porque está trabajando. No tiene sentido interrumpir una junta por un accidente que ni siquie