Marco regresó a la mansión con la mirada perdida y una sensación de vacío que parecía acompañarlo hasta en los lugares más lujosos. Durante el trayecto no dejó de pensar en Adelaide, en sus últimas palabras y en aquella expresión firme con la que le había pedido que llevara los papeles del divorcio. Finalmente comprendió algo que durante meses se había negado a aceptar: la había perdido, por cada decisión equivocada, por cada silencio, por cada ocasión en la que pudo haberla protegido y eligió