Ingresé a la habitación de la clínica donde estaba el niño y esa sonrisa al verme fue un grito de salvación.
—¡¡¡David!!! —Le sonreí, me acerqué a abrazarlo, le di un beso en la frente.
—Hola, campeón. ¿Me puedes decir qué te pasó? Convaleciente no puedes cuidar a las dos mujeres más importantes de tu vida hasta que te cases. —hizo muecas y puso su boquita como pollito.
—No es nada. —respondió mirando hacia la ventana.
—¿Ya no somos amigos?
—Sí, pero en esto no me podrías ayudar.
—Debes decirme