Llegamos a nuestra casa a eso de las cuatro de la mañana. Cuando mi esposo iba en dirección a nuestro cuarto lo detuve.
—¿A dónde cree que va, señor Katsaros?
—A nuestra habitación, señora Katsaros.
—Usted se encuentra desterrado.
Se quedó mirándome. Me había sentado en uno de los muebles de la sala y él alzó una ceja.
—¿Esto es por lo de mi hermano?
—Sí. Pero eso no quiere decir que no cumpliré con mis veinticuatro horas de intenso placer…
La picardía de mi marido me encantaba, mi madurito com