Terminé de acomodarle los botones de la camisa a mi marido, me guiñó un ojo, me hizo girar para mostrarle cómo me veía.
—Te ves preciosa mi Torbellino latino.
—Y tú estás rebueno mi madurito, por cierto, en quince días te aparté una cita médica. —arrugó la frente—. No se me olvidó, y me puedes decir misa, pero tu pérdida de peso y ese cansancio constante no me gusta, aunque no te he visto vomitar desde esa vez. —Lo señalé con el dedo—. Y vas al médico Deacon Katsaros.
—Como digas. Ahora vamos,