POV DE ISABELA
El sol de las Antillas no tenía la arrogancia del acero de la ciudad; era una caricia de oro viejo que se filtraba por las persianas de madera de la villa, dibujando líneas de luz sobre la colcha de lino. Me quedé inmóvil, escuchando el ritmo de mi propia respiración. Durante semanas, cada aliento había sido una batalla, una sospecha de que el aire mismo estaba conspirando contra mis pulmones. Pero hoy, el aire sabía a sal, a hibiscos y a esa pureza que solo llega después de que