Las manos de Helene sudaban con intensidad mientras el auto se deslizaba por las calles de Ciudad de México.
Helene hubiera disfrutado el paisaje de no ser por todo lo que tenía en la cabeza, tantas emociones y pensamientos le reboteaban dentro del cerebro y la confundían produciéndole un malestar agobiante.
Cuando llegaron al hotel, Helene siguió a su esposo, Itsac caminaba con la cabeza gacha y los hombros caídos. Se veía cansado y derrotado como ella nunca lo había visto, no se imaginó toda