Helene observó la carretera por la ventana del auto, aún sentía el cuerpo entumecido y le ardían los codos por haberse arrastrado por el suelo, además que olía a diantres.
Toro la miró por el retrovisor un par de veces antes de animarse a decirle algo.
— ¿Estás bien?
La muchacha entrecerró los ojos mientras la luz de una farola la cegaba, comenzaba a dolerle la cabeza.
— Creo que sí, aunque no lo creas, no es la primera vez que amenazan mi vida.
Toro dio una vuelta y redujo la velocidad del