Yolanda tardó un rato en recobrar el sentido en el carro de Dante y luego empezó a remorderle la conciencia, preguntándose por qué se había subido en primer lugar.
—Uhm... gracias por lo de antes—dijo vacilante. No sabía qué más decir, avergonzada como estaba. Muy poca gente la había visto tan desquiciada.
Dante se encogió de hombros, ajeno a su vergüenza:
—No hace falta. Me alegro de haber ayudado.
—¿Qué te trae al DF? — preguntó Yolanda, cambiando de tema.
El carro se detuvo frente a un r