En realidad, Yolanda no aguantaba el alcohol, salvo la cerveza, pero este era vino blanco. Ahora mismo, estaba recostada en el regazo de Dante, con la mano acariciándole su suave rostro.
—Ten cuidado con esos ojos que tienes, picaron. Si no, te devoro aquí mismo—arrulló el corazón de Dante, pero no lo demostró.
—¿En serio? ¿Cómo piensas hacerlo?
—Quizás...— Yolanda sonrió y apretó suavemente sus labios contra los de Dante. Llevaba mucho tiempo deseando hacer esto, pero nunca había tenido la opo