—¿Pero cómo te atreves? — gritó Yolanda con rabia. Gabriel no había cambiado en nada, seguía siendo tan cobarde como siempre.
—¡Pruébame, zorra! — replicó Gabriel, agitando la mano. Aunque se había divorciado de Yolanda, en su mente, ella seguía perteneciéndole, así que se sentía con derecho a hacerle de ella lo que se le diera la gana.
Yolanda se quedó quieta, esperando a que la mano de Gabriel aterrizara. En el momento en que lo hiciera, ella llamaría a la policía y denunciaría a ese cabrón.