Julio asintió, más tranquilo que Sofía. Despreocupado como siempre, sólo se ocuparía del problema cuando surgiera. Creía que siempre habría una solución para cualquier problema.
La llevó al sofá, la sentó y le dio la pomada.
—Al menos deberías terminar lo que había empezado.
Ella no puso objeciones y siguió aplicándole la pomada en el cuerpo. El salón se quedaba en silencio cuando dejaron de hablar.
Pronto terminó y estuvo lista para irse.
—Descansa bien. Es mejor que descanses en casa unos