Julio no tenía intención de quedarse una vez que se hubiera ido el tercero en discordia. Se levantó, dispuesto a marcharse, cuando Felipe le detuvo.
—¿Tiene prisa, Sr. César? Me gustaría hablar con usted.
—¿De qué quieres hablar? —respondió Julio con rotundidad, sentándose de nuevo en su asiento.
—Seguro que sabes muy bien la respuesta tanto como yo—Felipe sonrió. No tenían nada en común, salvo Sofía.
Se burló Julio, que no le tenía ningún miedo.
—Entonces no tenemos nada de qué hablar