Al verla irse, Tiago se rió con desprecio, sin ocultar en absoluto su aversión hacia Maribel. Desde el primer día que Maribel llegó a esta casa, todos sabían cómo se sentía.
—¿Qué demonios quieres hacer?— Teodoro lo miró, tratando de entenderlo.
Pero hasta ahora se dio cuenta de que su hijo, a quien nunca había prestado mucha atención, había crecido hasta el punto en que ya no podía entenderlo.
Tiago se sentó en el sofá y dijo con calma:
—Lo único que puedo hacer es hacer que ella también sient