Diego suelta un suspiro y, con lentitud irritante, aparta las manos de ella y me dirige una mirada fulminante. Por un segundo pienso que va a ignorarme, que me dejará ahí de pie mientras todos observan, como si fuera una de esas escenas de película en las que te parten el corazón con una sola palabra o gesto.
—Sí —responde, cortante—. Dame un momento, ¿vale?
La rubia frunce el ceño, pero se levanta de mala gana, ajustándose el vestido y lanzándome una última mirada de desprecio antes de darle e