El motor del bote retumbaba bajo sus pies mientras Alina dejaba atrás la silueta de Kalliste. El cielo comenzaba a enrojecer al atardecer, como si la isla misma ardiera en silencio.
Había recogido todas sus cosas: cada carpeta, cada prenda, cada archivo. Nada que delatara que alguna vez estuvo allí. Había limpiado discretamente su rastro en la oficina del Sebastian Raye Sailing Club: eliminó correos, movió documentos, desconectó registros digitales y se aseguró de que nada apuntara directamen