—Petra —digo—. ¿Dónde está ahora?
—Sigue en la mesa de enfrente —responde ella. Su voz es tranquila. Como la de alguien que ha decidido que la calma es la única opción posible—. Ha pedido un café. Se ha quedado ahí sentado.
«No te muevas. No vayas a ningún sitio desde donde no se le pueda ver desde la planta principal».
«Estoy en una mesa junto a la ventana», dice ella. «Hay otras doce personas en esta sala».
«Bien. Quédate ahí».
Miro a Dominic. Ya está leyendo mi expresión y buscando su propio