En los primeros momentos los suspiros de mi flaqueza se hacían gigantes, me encontraba enfrascada en una lucha interna. No obstante, entre aquel torbellino de emociones, una ilusoria victoria se esbozaba ante mí, como un destello de luz en la oscuridad, pero el destino, inescrutable, volvió a cruzar nuestros senderos en su divina danza.
En el presente:
—¡No puede ser! ¿Es Adrien? —exclama Tania, sorprendida.
No puedo apartar la vista de él. Sus ojos cafés, tan hermosos como los recordaba, me en