POV de Mathilda
El motor del jet privado rugía como una bestia herida mientras atravesábamos el Atlántico en dirección contraria a la paz. El interior de la cabina estaba sumergido en una penumbra azulada, solo interrumpida por el brillo de las pantallas táctiles que Collins había desplegado sobre la mesa de nogal. Yo no había cerrado los ojos en diez horas. Cada vez que lo intentaba, veía la imagen de Fredric —mi Fredric— sosteniendo la mano de Lila en aquella playa de arena negra.
La traición