Por unos segundos, el silencio se apoderó del lugar. Alaia tenía los puños apretados sobre la mesa, pero se obligó a mantener la compostura.
Su mirada, fija en Agnes, revelaba el esfuerzo que hacía para no dejarse llevar por el impulso de arrancarle la cabellera en ese mismo instante. Nolan, sin embargo, no pudo contenerse.
Se giró bruscamente hacia su cuñada, su expresión seria y desafiante. Agnes, sin inmutarse, alzó una ceja, retadora.
—No hagas ese tipo de comentarios, Agnes —dijo Nolan co