Cuando mi mirada se cruzó con los ojos llenos de odio de Amaia, sentí que mi satisfacción llegaba a su punto máximo.
A mi lado, Tadeo examinaba mis heridas en silencio. Le toqué los labios con el dedo:
―¿Qué es lo que pasa? ¿Te asustaste?
No dijo nada, solo me abrazó con fuerza. Tan fuerte que parecía querer fundirme en sus huesos.
Sentí algo cálido y húmedo en mi cuello y me quedé inmóvil. Luego, le di unas palmaditas en la espalda, como consolando a un niño.
―No vuelvas a hacer algo tan peligr