Amaia se quedó paralizada por un momento, como si hubiera recibido un golpe.
Luego, sin previo aviso, hizo pedazos el informe de paternidad y se lanzó llorando a los brazos de Alonso:
— ¡Papá, yo soy tu hija! ¡No escuches las mentiras de los demás!
Pero Amaia no se percató de la expresión sombría de su madre, ni de cómo le temblaban las manos.
Coloqué una grabadora sobre la mesa y, ante la mirada inquieta de la mujer, presioné el botón de reproducción.
— ¿Dices que Amaia es mi hija? —se escuchó