Amaia, al ver a Emiliano salir, inmediatamente gritó:
―¡Emiliano, sálvame por favor!
Comenzó a forcejear, haciendo que su abrigo se deslizara y revelara una bata de hospital holgada. Su piel blanca quedó expuesta ante la mirada de los hombres.
Vi claramente cómo el rubio que la sujetaba tragó saliva, mientras su mano se deslizaba hacia el borde de su ropa.
Amaia soltó un chillido de miedo, mirando al hombre con ojos llorosos.
Al ver esto, Emiliano se arrodilló frente al que parecía ser el jefe: