Yacía allí, envuelta en sábanas blancas de hospital, con el olor a antiséptico impregnando el aire estéril a mi alrededor.
Shane se había marchado hacía unas horas y solo Dios sabía qué estaría tramando ese chico.
El dolor irradiaba por mi cuerpo como un fuego lento.
La puerta crujió al abrirse.
Dos figuras con uniformes azul marino entraron, ya no eran médicos. Detectives.
Uno mayor, con rostro curtido y una leve cojera. El otro más joven, pulcro, con el cuaderno ya en la mano. Mostraron sus p