Frente a ella estaba ese hombre alto, de cabello castaño y ojos verdes que la observaban con rudeza. En su mano, él sostenía una copa de champagne a medio tomar.
—¿Qué te importa? —respondió Marina, frunciendo el ceño, y llevándose la otra pastilla a la boca con rapidez.
Antes de que pudiera tragarla, Stéfano Rinaldi, avanzó un paso y le arrebató el frasco de pastillas con un rápido movimiento.
—¡¡HEY!! —le gritó la mujer, molesta—. ¡Devuélvemelas! —exigió, extendiendo la mano hacia él.
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