Mundo ficciónIniciar sesión—No.
Clara siguió revisando su armario.
—Sí.
—Creo que no estás entendiendo cómo funciona una negativa.
—Creo que tú no estás entendiendo cómo funciona Luna Roja.
Me dejé caer sobre la cama y crucé los brazos.
—Una fiesta no puede ser obligatoria.
—Esta sí.
—¿Qué hacen si no voy? ¿Me suspenden por no beber suficiente?
Clara sacó otro vestido negro.
Empezaba a sospechar que todo su armario pertenecía al mismo funeral.
—La fiesta de bienvenida sirve para que los nuevos conozcan a los demás estudiantes. También vienen representantes de las fraternidades, futuros alfas, betas, gammas...
—Has empezado a hablar otro idioma.
Me miró por encima de la puerta del armario.
—¿Tu madre no te explicó nada?
—Mi madre tuvo unas cuarenta y ocho horas para contarme que existen los hombres lobo, que soy uno de ellos y que debía mudarme a una universidad secreta. La conversación sobre fraternidades mágicas quedó pendiente.
Clara cerró el armario.
—No son mágicas.
—Eso es lo que te preocupa de la frase.
Se sentó en su cama.
Durante unos segundos me estudió con aquella manera suya de mirar que daba la sensación de que podía abrirte la cabeza y revisar qué había dentro.
—Vale. Curso intensivo.
Suspiré.
—Dispara.
—Alfa: líder de una manada.
—Eso lo sabía.
—Beta: segundo al mando. Seguridad, estrategia, protección del alfa y de la manada.
—Vale.
—Gamma: mediador. Evita que los anteriores se maten cuando se comportan como idiotas.
—Ese me cae bien y todavía no conozco a ninguno.
Clara soltó una risa.
—Los omegas son el rango más bajo.
—Eso suena horrible.
—Muchas manadas están cambiando esa estructura.
—¿Y aquí todo el mundo sabe qué es?
—Más o menos. La jerarquía se siente.
Me incorporé.
—¿Cómo que se siente?
Clara señaló hacia mí.
—Lo hiciste esta mañana.
—¿Yo qué hice?
—Cuando aquel chico te dijo que olías bien.
Pensé en el grupo del muro.
—Le dije que dejara de olisquearme.
—No. Antes.
Fruncí el ceño.
—No recuerdo nada.
—Tu olor cambió.
—¿Mi olor?
—Te enfadaste.
—Normal. Un desconocido estaba aspirándome como si fuera una vela aromática.
—Y él dejó de sonreír.
—Porque tengo cara de mala leche bastante convincente.
—No fue por tu cara.
Clara se inclinó hacia delante.
—Hubo presión.
Noté un hormigueo incómodo en la nuca.
—¿Qué significa eso?
—Que probablemente tienes sangre de rango alto.
—Mi padre desapareció antes de que yo naciera. Podría haber sido camarero.
—Los camareros también pueden ser alfas.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
Clara se encogió de hombros.
Aquello no me gustó.
Había una forma extraña de observarme.
Como si supiera algo.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez esa respuesta.
—Acabas de llegar. Ya tendrás tiempo de descubrir cosas.
—Odio que aquí todo el mundo hable como si estuviera anunciando una profecía.
—Te acostumbrarás.
—Todo el mundo me dice eso.
Me levanté para seguir colocando mis cosas.
Saqué un pequeño marco de la maleta.
Mi madre y yo en la playa.
Yo tendría doce años.
Las dos llevábamos el pelo mojado y estábamos riéndonos porque Elena había intentado subirse a mi tabla y había terminado tragando medio Pacífico.
Me quedé mirándolo más tiempo del necesario.
Clara no dijo nada.
Agradecí que no lo hiciera.
Puse la fotografía sobre el escritorio.
—¿La echas de menos?
Su pregunta me pilló desprevenida.
—Mucho.
Me senté en la silla.
—Estoy enfadada con ella.
—Se puede estar enfadada con alguien y echarlo de menos.
La miré.
—Eso ha sonado sorprendentemente sano viniendo de ti.
—Tengo momentos.
Sonreí.
El silencio que siguió fue cómodo.
Mucho más de lo que esperaba después de conocer a una chica que parecía capaz de enterrarme bajo el edificio sin alterar el pulso.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿De dónde eres?
Clara bajó la vista hacia sus botas.
—De una manada del norte.
—Eso es muy específico.
—Gracias.
—¿Tus padres?
—Vivos.
Esperé.
No añadió nada.
—Vas a hacerme trabajar cada respuesta, ¿verdad?
—Probablemente.
Perfecto.
Dos podían jugar a eso.
Me levanté y abrí otro cajón.
—Entonces no te contaré nada de California.
—Hay internet.
—No puedes oler internet.
Clara me miró.
—Buen argumento.
Sonreí satisfecha.
Empezaba a caerme bien.
Eso probablemente demostraba que la transformación me había causado daños cerebrales.
Un golpe sonó contra la puerta.
Clara cambió de expresión al instante.
No parecía asustada.
Parecía alerta.
—¿Esperas a alguien?
—No.
Me quedé quieta.
Otra vez.
Tres golpes.
Clara caminó hasta la puerta.
Antes de abrir, aspiró discretamente.
La miré.
—¿Acabas de oler quién hay fuera?
—Sí.
—¿Y?
—Relájate.
Abrió.
Un chico alto estaba apoyado contra el marco.
Pelo castaño claro.
Ojos miel.
Sonrisa fácil.
Y, gracias a mi nuevo olfato de pesadilla, descubrí que olía a jabón, madera y algo dulce que no conseguí identificar.
—Clara.
—Bruce.
Él miró por encima de su hombro.
Me encontró enseguida.
—Así que tú eres Amber.
Cerré los ojos.
—Por favor, dime que no vas a preguntarme por la playa.
Bruce arqueó las cejas.
—Pensaba preguntarte si querías saber dónde está el comedor.
Abrí los ojos.
—Ah.
Clara sonrió.
—Buen comienzo, California.
—Cállate.
Bruce se rio.
—Por cierto, bienvenida.
No había curiosidad morbosa en su cara.
Ni miedo.
Ni esa forma de examinarme que había visto en otros estudiantes.
Solo parecía...
normal.
Dentro de una universidad de hombres lobo.
—Gracias.
—La cena termina en cuarenta minutos. Max y yo vamos para allá.
—¿Max?
—Un gamma que habla demasiado.
Clara cogió su chaqueta.
—Eso es cierto.
Bruce volvió a mirarme.
—¿Vienes?
Mi estómago eligió ese momento para gruñir.
Fuerte.
Clara bajó la vista hacia él.
Bruce también.
—Supongo que sí.
Cogí una sudadera.
Mientras salíamos, Clara se inclinó hacia mí.
—Bruce es de los buenos.
—¿Hay que especificarlo?
—Aquí sí.
—Cada vez consigues que este sitio me dé más confianza.
Bajamos por el pasillo.
Había estudiantes entrando y saliendo de las habitaciones.
Dos chicas dejaron de hablar cuando me vieron.
Una murmuró algo.
Mi nuevo oído lo captó.
—Es ella.
Seguí caminando.
Otra voz.
—Dicen que arrancó una garganta.
El estómago se me revolvió.
Bruce se giró hacia ellas.
No dijo nada.
Solo las miró.
Las chicas desaparecieron dentro de su habitación.
—No hacía falta —murmuré.
—No he hecho nada.
—Exactamente.
Sonrió.
Llegamos al comedor.
Era enorme.
Mesas largas.
Cristaleras.
Decenas de conversaciones mezcladas.
Y olores.
Dios.
Carne.
Pan.
Perfumes.
Sudor.
Champú.
Café.
Demasiado.
Me llevé los dedos a la sien.
—¿Te pasa algo?
Bruce se acercó.
—Todo huele demasiado.
—Respira por la boca.
Lo hice.
Funcionó.
Un poco.
—Gracias.
—Los primeros días son horribles.
Aquello fue lo primero que alguien me dijo desde que llegué que realmente me tranquilizó.
Los primeros días.
Significaba que podía mejorar.
Nos sentamos junto a un chico de pelo oscuro que estaba metiéndose una cantidad absurda de patatas en la boca.
—Amber —dijo Clara—, Max.
Max levantó una mano sin dejar de masticar.
—Hola.
Esperó.
Tragó.
—Perdona. Prioridades.
Me eché a reír.
—Entendible.
—¿Eres la chica de California?
—Soy muchas cosas. Esa es una.
—Genial. Siempre he querido aprender surf.
—Eso puedo enseñártelo.
—¿Y matar gente?
Bruce le dio una patada por debajo de la mesa.
Max hizo una mueca.
—Vale. Mala elección.
Lo miré.
Después empecé a reírme.
No sé si fue cansancio.
O la cara de terror que puso al darse cuenta de lo que había dicho.
Pero no pude parar.
Max sonrió.
—Bien. No vas a matarme.
—Todavía no.
—Me caes bien.
Clara cogió un trozo de pan.
—Te cae bien todo el mundo.
—Eso es mentira. Odio a muchísima gente.
—No sabes odiar.
—Sí sé.
—Dime una.
Max abrió la boca.
La cerró.
—Vale. No sé.
Durante la cena conseguí olvidarme un rato de los rumores.
De Alex.
De la sangre.
Incluso de que tenía una voz viviendo dentro de mi cabeza.
Hasta que Clara miró la hora.
—Tenemos que prepararnos.
Se me cayó la sonrisa.
—¿Para qué?
Los tres me miraron.
—No.
Max empezó a reír.
—¿No se lo has dicho?
—Sí.
—No voy.
Bruce bebió agua.
—Vas a ir.
—¿También tú?
—Es una buena fiesta.
—Mi historial con las fiestas no es especialmente prometedor.
Max apoyó los brazos en la mesa.
—Esta tiene una ventaja.
—¿Cuál?
—Si alguien intenta tocarte sin permiso, probablemente haya cuarenta personas dispuestas a arrancarle los brazos.
Me quedé pensando.
—Eso es extrañamente tranquilizador.
Clara se levantó.
—Vamos.
Suspiré.
—Os odio.
Max sonrió.
—Todavía no.
Mientras regresábamos a la residencia, Clara me agarró del brazo.
—Por cierto.
—¿Qué?
—Esta noche procura no desafiar a ningún alfa.
—No sé ni cómo se hace eso.
Clara me miró.
—Ese es exactamente el problema.
Y volvió a caminar.
Me quedé parada en mitad del sendero.
—¿Por qué dices cosas así y luego te vas?
No se giró.
—Porque es divertido.
Definitivamente.
Mi compañera de habitación daba miedo.
Y empezaba a sospechar que lo peor era que me gustaba.







