Astrid
Estaba sentada a la cabecera de la mesa, con los dedos tamborileando suavemente sobre la superficie de caoba mientras observaba a los hombres sentados frente a mí. Sus expresiones eran neutrales y calculadoras, mientras esperaban a ver qué les ofrecía.
La sala de conferencias estaba en silencio, solo interrumpida por el leve zumbido del aire acondicionado y el ocasional ruido de papeles cuando uno de ellos pasaba las hojas de los documentos que Rosa había repartido antes. Las paredes de