Astrid
Las siguientes dos horas pasaron en un borrón de leve caos y los comentarios interminables de Rosa.
Me encontraba de pie frente a mi armario con los brazos cruzados, mirándolo como si contuviera las respuestas a la vida misma. Filas de ropa bien ordenada colgaban en su lugar, y aun así, de alguna manera, no había nada que ponerme.
Detrás de mí, Rosa gimió dramáticamente por lo que parecía la décima vez.
—Eres aburrida —declaró, dejándose caer en el borde de la cama—. Digo, dolorosamente