Astrid
«Habla ya. Habla ya.»
La voz de Rosa volvió a irrumpir en mis pensamientos, tan persistente como siempre.
Parpadeé, obligándome a sacar la atención del remolino de ideas en mi cabeza y regresarla al presente. Rosa me miraba fijamente desde el otro lado de la mesa, con los ojos llenos de curiosidad y un toque de impaciencia.
Era evidente que había decidido que no me iba a dejar quedarme callada y perdida en el silencio. Y mucho menos iba a dejar que ese chisme se le escapara de las manos.