—¿No acabas de comer, querida? ¿Por qué te gruñe el estómago?— Beatrice pregunta mientras me acomoda bajo las sábanas. Sus dedos rozan mi estómago, justo cuando este retumba bajo su palma. Ha insistido en que permanezca en la cama durante las próximas 24 horas. Los músculos me duelen tras la breve excursión escaleras abajo y de regreso. Está claro: no volveré a intentarlo pronto.
—No, no lo he hecho—, respondo, y mi estómago vuelve a rugir.
—¿Por qué? Pensé que la pasta cremosa de camarones es